necesitamos
hombres
duros
que no pierdan
su ternura.
(che guevara y sus hijos)
delante de un par de cervezas, el chico de la exposición me dijo que estaba hecha en blanco y negro, como la poesía y los sueños, como todo lo intangible: "vos parecés una actriz del cine mudo". respondí a aquellas palabras sonriendo y con sosobra. luego, antes de despedirnos, me anotó la dirección de su estudio fotográfico:"me encantaría hacerte un retrato". quedamos en que pasaría por allí a la mañana siguiente, pero nunca aparecí. poco después dejé a mi novio. de eso hace ya casi cinco años y no he vuelto a tener otro. los hombres que he conocido desde entonces sólo han sido capaces de verme en tecnicolor.
mi pensamiento tenía una narrativa sin ser una narración a la manera que uno espera que una narración sea. porque lo que cuenta una narración es, se supone, algo que se puede narrar. una historia, algo que pasa o que pasó o que tal vez va a pasar, es a lo sumo la narración de una narración. hasta hoy no se me había ocurrido que para contar algo no hace falta que suceda nada. y lo que pensaba 
se imaginan sistemas de relaciones dinámicos, transformaciones entre espacios de medida, sucesos con probabilidades de desorden inherentes o producidos, equivalentes a la incertidumbre asociada con la naturaleza caótica de la situación y que expresa la parte de energía no utilizable o desechada.
en 1951, se reúnen los Hermanos Marx y Luis Buñuel con la intención de generar un negocio rentable que excediera el límite de angustia que el cine les proponía. los Marx podían ser simpáticos vendedores y Buñuel era un fetichista de los pies, a los que convertía en objetos de seducción infalible. en uno de sus films, Don Francisco, un heredero devoto que es presentado en los sermones dominicales como ejemplo de piedad, se enamora en plena misa de los pies de Gloria, la novia de un amigo. la libertad era también una demostración de seguridad: la conciencia del propio valor por encima de todo. no es que le importara perder; no es que le doliera el rechazo de su obra como tal. varias veces, Buñuel declarará con un acento de absoluta sinceridad, que aceptaría incendiar en un jardín sus negativos y sus libretos. lo que no podía concebir es que su propia libertad de hombre sea rechazada. el problema no era de prestigio para él: era un problema moral. la zapatería para mujeres que inauguraron en 1952 se llamaba EL y aún se desconoce en el lugar en que lo hicieron.
guiándonos con sus dedos flacos hace que la frotemos muy suavemente al principio, algo más fuerte después. pero lo que pareciera estar exento de genitalidad se convierte en una poderosa y teatralizada masturbación de la cual él y yo participamos con algunas condiciones impuestas de antemano. nos impide nuestros dedos dentro de su sexo, la presión acelerada sobre su clítoris, la búsqueda alrededor de su ano. es más bien una leve caricia animal en los labios entristecidos de una mujer que sufre. como si esa ranura hubiera sido falsamente tallada en la corteza herida de un árbol petrificado.
entonces María se levantó, los saludó a todos y dijo a sus hermanos: "no lloréis y no os entristezcáis; no vaciléis más, pues su gracia descenderá sobre todos vosotros y os protegerá". antes bien, alabemos su grandeza, pues nos ha preparado y nos ha hecho hombres. para hacerte virgen y no tan santa, Magdalena.
"¿no estabas preocupado por mí?", preguntó ella. "por supuesto que sí." "¡por supuesto! "¡qué manera de decirlo! y apenas llegás y lo primero que me decís es que parezco una puta... peor que una puta." "vos sabés que yo no te dije puta", dijo él. "es lo mismo. te gusta decirme cosas como esas. cerda, puta, infiel. no sos feliz a menos que me estés criticando.te encanta pensar que soy una puta. ¿y si lo fuera, qué?" "ay, no entremos en eso", dijo él fastidiado. "tengo ganas de gritar.. ¡a la mierda con todo! ¿me amás?, eso es todo lo que quiero saber, carajo! ¿me amás?".pero antes de que se lo pudiera decir, ella ya lo había calmado con su profunda y vibrante voz.
"estoy a disposición de todos y de nadie"
lo hipnotizante de esta exposición laberíntica son quizás los cuerpos: hinchados, rotos, desfigurados. modelados algunos de ellos en forma de collage sobre imágenes digitales a las que se superponen objetos reales, los cuerpos irrumpen como manchas deformes, apareciendo como la representación viva de lo irrepresentable. las evocaciones son múltiples. sobre un sofá diseñado informáticamente, una mujer desnuda exhibe el agujero negro de su sexo, sus ojos y su boca. hay un teléfono rosa a su lado. sosteniendo un revólver, derramada en flujos, y sin que por ello deje de brillar el broche en sus zapatos, un texto sale de su cabeza: "bueno… puedo soñar, ¿no?"
al llegar al centro, no hay nada, la aventura y el desafío es recorrerlo, hacia delante, hacia delante, hacia atrás, que a veces es avanzar, o tomando la salida del costado, no la del final sin encontrar al minotauro. una búsqueda inconexa, desordenada, sin entenderla, guiada por órdenes intuitivas que tan presentes y vivas están desde la infancia.
doblé por la Rua da Souza, en pleno Sao Paulo, y encendí otro cigarrillo. tenía sed y buscaba un lanchonette para seguir tomando. cuando levanté la vista, la mocosa me miró desde el umbral de la puerta. detrás de ella un oscuro y largo pasillo. sonrió provocativamente, lamiéndose los labios con la lengua. tenía menos de 20 años y era tan remota como el cosmos. era una broma fantástica la mestiza. le mostré unos reales y empezó a caminar delante de mí, entre las penumbras de ese túnel.ella a metros de mí, dejándola alejar para exacerbar mi deseo. al llegar al final, ella tomó los arrugados billetes casi sin importarle y se me subió encima de un salto. abrumado, la sostuve con fuerza, sus piernas enredadas entre las mías, sus brazos alrededor de mi cuello, su boca mojándome la mía. la presioné contra la pared del oscuro pasillo y masajeé abajo frotando con desesperación. nuestros dientes chocaron, nos mordimos la lengua. entonces, la diosa fue inclinándose, lentamente, como a la hora de la oración, dejando las huellas de sus uñas sobre mi pecho y yo alejando mis dedos húmedos de su entrepierna.
mi versión era un poco más extensa que la de Parker, aunque nunca la tocaba igual; dependía de esa noche y del alcohol que tuviera en las venas, amén de alguno que otro vicio encontrado por ahí. lo tocaba en mi Selmer alto, por lo tanto la textura era la misma; aunque más de una vez, como la trompeta acaramelada de Chet Baker que sonaba como un saxo, yo sonaba como él frente al gran Charlie, compitiendo por la primacía en cuestiones de seducción sonora y también de las otras.

