fue la última vez que la vi, era un domingo a la tardecita, tenía puesto un vestido floreado que marcaba bien sus curvas, pero eran flores tristes, calas, que anunciaban el duelo que sobrevendría. se agachó para entrar en cuadro por la ventanilla del Peugeot 404, me miró mientras yo encendía un cigarrillo y me pidió que no la olvidara. los incipientes compañeros de lucha, algunos mucho más jóvenes que yo, me habían dicho que no debía involucrarme sentimentalmente, que debería de ahí en más tener una vida de cuidado, sin residencia demasiado fija, al amparo de la clandestinidad, para que la sospecha no me sorprendiera, moneda de cambio de los represores porque yo y otros tantos estábamos decidimos a construir un grupo de reacción y en ese intento estábamos dispuestos a jugarnos la vida. nos dimos un beso, ni erótico ni trágico, si en algo se diferenciaba. fue un beso de ausencia, ese beso seco que se da cuando algo ya está roto, ese beso idéntico al de los amantes de Rosa de Abolengo, la vieja película que habíamos visto al conocernos, en el momento en que los nazis los obligan a separarse. antes que el chofer pusiera primera saqué una foto donde ya se podía leer mi decisión y se la entregué en silencio.
la miré alejarse por la luneta trasera, cuando era yo quien me alejaba.
la miré alejarse por la luneta trasera, cuando era yo quien me alejaba.
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